Archive for mai 2008

De cómo nunca logré caerle bien a Freud. (Vivan las Terapias Breves-I)

Tenía 18 años y creía que era bulímica. O, más bien, tal vez sí lo era porque comía, con apetito y muchas ganas, grandes catidades de comida. Sí, a veces vomitaba… y también pasaba semanas en dietas interminables y absurdas. Pesaba unos 56kg, para mis 1.60m era prácticamente « obesa », no es cierto?… En todo caso, así me sentía!

Era una adolescente completamente normal, en definitiva! Pero, pobre de mí, alguna vez leí en alguna Vanidades o Cosmopólitan que sufría de una enfermedad psicológica, que mi comportamiento era patológico, probablemente debido a algún conflicto no resuelto con mi madre o con mi padre… o con el divorcio de ellos. Debía buscar ayuda.

Así caí en manos de la secta de Sigmund!

La psicoanalista a la que fui a parar tenía muy buena reputatción. Se había formado en los EEUU y yo, lastimosamente, era muy jovencita como para haber podido pregutarle si seguía el evangelio junguiano, kleiniano o (mi preferido) lacaniano (auxilio, supongo que no!).

Me recibió en su consultorio que me pareció minimalista y depurado. Le expliqué por qué venía y me dijo que obviamente había hecho bien. Que teníamos y podíamos empezar cuanto antes, a razón de tres veces por semana y durante… no quizo decirme la fecha de expiración del tratamiento, pero yo tuve la decencia de contarle que tenía planeado viajar a Bélgica… Ella me tranquilizó : se comprometía a adaptar el trabajo y referirme a un colega en mi país de destino.

Me iba a costar una pequeña fortuna. Mi madre se oponía rotundamente y me dijo que si quería hacer la cura, debía pedirle el dinero a mi padre… Así hice, y me costó mucho el hacerlo… Pero era de mi salvación de lo que se trataba, no es cierto?

Empezamos… y durante unos 5 meses me sometí a la tortura de su silencio, al sopor de las sesiones en las cuales, acostada en ese mullido diván le contaba qué sé yo qué de mi pasado, del divorcio de mis padres, de mis crisis de glotonería y de mis amores frustrados…

Pero el problema era que, pese a mi asiduidad, a mi entusiasmo, a mi buena voluntad… seguía comiendo « inadecuadamente ». Me seguía sintiendo culpable y en la más completa incapacidad de controlar mi apetito y mis atracones de comida…

El psicoanálisis no estaba funcionando, así que (ingenua de mí), confronté a mi analista con el rotundo fracaso de la « cura ». Veredicto : el problema se iba a arreglar por sí mismo. No era necesario hacer nada al respecto por el momento pero -para tranquilizarme supongo-, ella se comprometía a buscar consejo con una médica nutricionista si yo sobrepasaba cierto peso.

Aquello me tranquilizó. No me iba a dejar engordar hasta explotar! Qué buena era mi psicoanalista!Así que seguí durante otras tantas semanas. Pero algún atisbo de mi rebeldía se manifestaba cada vez que tenía que pagar los no sé cuántos cientos de miles de sucres, que me costaban tanto pedir a mi padre… y cuando discutí con mi analista al respecto me saco una de esas frasesitas que luego me enteré que eran una muletilla de la profesión « llegaría un momento en el cual debía trabajar para pagar la cura »…

La pobre estudiante y niña bien que yo era no estaba dispuesta a hacerlo, no por que no quisiera… si no porque no tenía ni idea de cómo hubiese podido lograrlo al mismo tiempo que empezaba mis estudios de antropología (dicho sea de paso, durante los cuales me hablaban tanto y tan bien de Freud y si alguna vez hablaron de Margaret Mead fue sin hacer ninguna referencia a quien fuera durante un tiempo su pareja, Grégory Bateson… pero me adelanto !) y tenía que venir 3 veces a la semana a su consultorio… Me resultaba inimaginable el trabajar además de semejantes ocupaciones… o acaso hubiese tenido que renunciar a mi vida social ! Ah ! No !

Si cuando hablo de « secta » lo hago pensando precisamente en que solo las sectas inducen este tipo de comportamiento : dar tu plata, tu tiempo y abandonar todo lo que hace de tí, tú misma….

En fin… El día en que le anuncié que, dado a que no estaba obteniendo los resultados por los cuales había venido, pensaba no volver más, me respondió algo que supuestamente debió haberme asustado… pero yo ya había tomado mi decisión y fue nuestra última sesión… Nunca me felicitaré lo suficiente de haber tenido el coraje de confrontarla !

Como 12 años más tarde y luego de haberme curado solita de la supuesta bulimia, de haber pasado mi primera (y espero que única) depresión sin recurso alguno a la farmacología, luego de haber gestionado años de insominios rebeldes y angustias con un poco de marihuana, tés de hierbas y mucha filosofía… pues caí en manos de otra psicóloga.

Felizmente no había nada que se le pareciera a un diván en su oficina y la primera sesión consistió en un sobrevuelo de mi problema, de mis sentimientos y de mis objetivos… Bastaron 4 o 5 sesiones y mi problema fue resuelto, pude pasar la página y cambiar lo que necesitaba cambiar en mi vida para ser más feliz… Varios meses más tarde volví con otro problema, que no tenía nada que ver con el primero : una sesión bastó para solucionarlo…

El cambio no requiere un viaje en el tiempo, ni un trance perdida en conjeturas de « por qué » o « si hubiese sido de otra manera »… el pasado ya no existe y no hay forma de volverlo a vivir. Es en el presente que se cosntruye la felicidad…

Ahora estoy metida de cabeza en el aprendizaje de las terapias breves. Porque funcionan, porque permiten el cambio… Pues prometo explicarles cómo funcionan en el próximo post. La ex-bulímica y ex-insomne se va comer alguna cosita y a dormir… ya es tarde para tanta lata !

La belle verte, un film pour nous…

C’est mon amoureux qui a découvert cette perle… C’est un film magnifique! Une fable où l’on parle décroissance, accouchement et non-violence.

Voici le lien

ça vous a plu???

Nouvel ouvrage de témoignages d’accouchement à domicile

Le nouveau né s’appelle Intimes naissances

ISBN : 978-2-84221-185-1
448 pages imprimées sur papier recyclé
photographies N&B
Coordonné par Juliette Collonge & Cécile Collonge
Préface : Catherine Dumonteil-Kremer
23 euros

Je pense que je vais le lire et écrire une note ici dans pas longtemps. Entre temps, je me permets d’en faire de la pub;)

En plus, le le site web a plein de références sur l’AAD! une vraie mine d’or!

En Belgique, l’intolérance devient palpable.

Le samedi après-midi sur la ligne Liège-Bruxelles-Ostende. Un wagon, à moitié rempli de jeunes qui allaient à la gay-pride, moi, voyageant seule, assise à côté dune fille qui n’a pas arrêté d’apeller ses copines, sur tout le trajet de Liège à Leuven…

Leuven : un gars plutôt rondouillet, habillé style jeune chasseur (chemise claire, pull ras-du cou vert, veste cirée vert foncé… vous voyez le style?), monte et s’installe dans le siège en face de moi. En ce faisant, il dépose, devant moi, avec grand fracas, un gros livre en néerlandais… ouvert à la page ‘europa voor de europeers’ (bon, suis pas du tout sure de l’écriture, mais vous voyez ce que je veux dire…)… de la belle littérature, n’est-ce pas?

Gare de Midi : je descends. En attendant l’ouverture des portes, j’entends les échanges exaltés de deux individus qui faisaient l’inventaire des mots en français et en anglais « restaurant », « express-line », etc.

Suis-je parano? J’ai eu vraiment l’impression qu’une chose noire, collante et malodorante m’a suivit le reste de la soirée.

Allaitement et féminisme

SOURCE : Cairn

L’allaitement est-il compatible avec le féminisme ?

Claude-Suzanne Didierjean-Jouveau [*]

« Le lait de sa mère auquel il [l’enfant] a droit. »
« L’allaitement est aussi une servitude épuisante […] c’est au détriment de sa propre vigueur que la nourrice alimente le nouveau-né. »
A priori, rien de commun entre ces deux phrases. Et pourtant… Toutes deux ont été écrites par des féministes. La première par Marie Béquet de Vienne, féministe franc-maçonne, qui créa en 1876 la Société de l’allaitement maternel. Quant à la seconde, elle est tirée du Deuxième sexe de Simone de Beauvoir.
Les rapports entre féminisme et allaitement n’ont jamais été simples, et ont beaucoup varié selon les époques et les pays. Car il y a féminisme et féminisme. En simplifiant énormément les choses, on pourrait dire que le féminisme se divise en deux courants :
  • celui pour qui être une femme, avec un corps de femme et les fonctions biologiques qui vont avec (menstruations, grossesse, allaitement…), est une joie et une fierté ;
  • celui pour qui tout ce qui est proprement féminin est au contraire une calamité qui a de tout temps fait le malheur des femmes, et pour qui le combat à mener est d’obtenir une stricte égalité entre hommes et femmes (entre autres : partage des tâches domestiques, dont les soins aux enfants).
Selon donc que l’on considère la variante « essentialiste » (ou « identitaire » ou « différentialiste »), ou la variante « égalitariste » du féminisme, on pourra passer d’une exaltation de la maternité et de l’allaitement (comme pouvoirs spécifiquement féminins), à une vision de la maternité comme un esclavage (« lieu de domination masculine ») et de l’allaitement comme un esclavage à la puissance 10.
En France, au cours des dernières décennies, c’est manifestement le deuxième courant qui a dominé le mouvement féministe. Mais il n’en a pas toujours été ainsi.
Un peu d’histoire française
À la fin du xix e siècle et au début du xx e, les féministes françaises tiennent un discours qui en étonnerait plus d’un(e) de nos jours. Comme le montre très bien Anne Cova dans son ouvrage Maternité et droits des femmes en France (xix exx e siècles) [1], elles parlent alors de l’allaitement comme de « cette obligation [qui] découle de la nature des choses », comme d’un « devoir maternel » et d’une « question vitale de notre pays » (La Fronde, 14 avril 1899). Elles luttent contre la mise en nourrice, ce « coup trop sanglant pour la maternité » (Le journal des femmes, février 1893), et les bureaux de nourrices, décrits comme « des officines épouvantables par lesquelles tant de pauvres petits diables qui ne demandaient qu’à vivre ont trouvé la mort » (La Fronde, 10 février 1899).
Dès sa création en 1897, La Fronde entre aussi en campagne contre le biberon à tube, accusé à juste titre d’être un « tueur de bébés ». Le journal ouvre un registre destiné à recueillir des signatures demandant l’interdiction de cet « ustensile meurtrier » (obtenue en 1910, par la loi du 6 avril).
À cette occasion, le journal féministe parle de « ressusciter la maternité intégrale ». Il recommande d’ailleurs la lecture du roman de Zola Fécondité, qui est un hymne à la maternité et à l’allaitement ; et dans son numéro du 19 novembre 1899, il publie une interview de l’écrivain qui déclare : « L’allaitement maternel est une obligation si naturelle, qu’il semble inutile de la commenter. »
À cette époque, les féministes soutiennent activement le travail de Marie Béquet de Vienne. Sa Société de l’allaitement maternel, créée pour encourager les mères pauvres à allaiter et leur fournir une aide matérielle, adhère en 1898 à la Fédération française des sociétés féministes. La Fronde en parle comme d’une « œuvre admirable ».
Elles luttent aussi, activement, pour que les travailleuses qui allaitent disposent de droits spéciaux. Elles se réjouiront du vote de la loi du 5 août 1917 instituant l’« heure d’allaitement » et les « chambres d’allaitement », tout en regrettant la durée trop courte prévue pour les tétées et en se plaignant de la mauvaise application de la loi (voir l’étude de Gabrielle Letellier, Les chambres d’allaitement dans les établissements industriels et commerciaux, 1920).
Les féministes se féliciteront également de la loi du 24 octobre 1919 qui énonce que « toute Française […] allaitant son enfant au sein, reçoit, pendant les douze mois qui suivent l’accouchement, une allocation supplémentaire de quinze francs, entièrement à la charge de l’État » (voir leurs journaux Le Droit des femmes et La Française), tout en regrettant là aussi sa mauvaise application et le trop faible montant de l’allocation (par exemple lors des premiers états généraux du féminisme, du 14 au 16 février 1929).
En 1925, La Française parle des propositions de lois faites par un groupe de députés communistes, qui demandent notamment le versement pendant un an d’allocations d’allaitement s’élevant à 25 % du salaire moyen de la région, et l’installation effective de chambres d’allaitement (d’après le rapport d’Henriette Alquier en 1927, « jamais aucune loi ne fut aussi transgressée que celle sur les chambres d’allaitement »).
L’article 9 de la loi sur les assurances sociales (1928/1930) prévoit, pour les mères salariées qui allaitent, des allocations mensuelles dont le montant s’étale sur plusieurs mois et est dégressif avec le temps. Les féministes s’inquiètent de ce barème décroissant qui incite, selon elles, les mères à n’allaiter que pendant les premiers mois.
De cette période, on peut dire que les féministes françaises mettent la maternité, et l’allaitement, au cœur de leurs préoccupations, luttant pour la reconnaissance de « la maternité, fonction sociale » (Henriette Alquier), et donc pour que l’État intervienne en sa faveur. À l’époque, peu nombreuses sont les féministes qui, comme Madeleine Pelletier, jugent la maternité aliénante.
Après la Deuxième Guerre mondiale et tout au long des années 1950 et 1960, on assiste à un renversement complet de tendance : même s’il subsiste quelques féministes pour chanter la maternité (notamment dans la mouvance du Parti communiste), la majorité se retrouvent dans le discours de Simone de Beauvoir et de son ouvrage, Le deuxième sexe, pour dénoncer l’esclavage de la maternité, et centrer le combat féministe sur le droit à la contraception et à l’avortement.
Le gouvernement de Vichy exaltait tellement l’idée de la mère et de la femme au foyer (« Travail, famille, patrie »), accompagnée d’une telle régression des droits des femmes, qu’on peut comprendre qu’on ait ainsi « jeté le bébé avec l’eau du bain »…
Mais du coup, toute une génération de féministes est passée complètement à côté de la maternité. Comme le dit la philosophe Élisabeth G. Sledziewski [2], « pour les deux générations féministes de l’après-guerre, que l’on pourrait nommer d’une part celle du « Deuxième sexe », d’autre part celle du mlf, l’intérêt pour la dimension maternelle de l’identité sociale et psychique des femmes a été et demeure une concession inenvisageable au système de l’oppression sexiste ». Citons également Marielle Issartel [3] : « Je fais partie des générations de femmes interdites de maternage. Mes amies de jeunesse entachaient de défiance leur lien avec leur enfant dès avant sa naissance. Crèche à trois semaines sans nécessité, dressage à la débrouille dès les premiers mois, honte des bouffées de compassion et, systématique ou presque : le refus d’allaiter. »
En fait, les années 1970 (la « génération du mlf ») seront sur ce plan assez contradictoires, voyant à la fois la continuation, sur un mode assez violent, de la dénonciation de la « maternité esclave » (titre d’un ouvrage collectif paru en 1975), et l’épanouissement d’un courant « essentialiste » (Hélène Cixous, Annie Leclerc, Luce Irigaray, Julia Kristeva…) qui prône la reconquête de leur corps par les femmes (« notre corps, nous-mêmes ») et permet à un certain nombre de femmes de vivre un allaitement heureux, voire sensuel et hédoniste (voir dans La guenon qui pleure d’Hortense Dufour : « Je fais ce que je veux avec lui et il rampe et il tète et je dors et je me réveille et je le reprends et je le lèche et il tète et je l’oublie et je le reprends et le remets encore à ma source de lait »).
Plus récemment, même si les féministes anti-allaitement se font moins entendre, elles restent sur les mêmes positions. J’en veux pour preuve un article retentissant intitulé « L’oms, valeur ajoutée ? », paru en 1993 dans Chronique féministe, l’organe de l’Université des femmes de Bruxelles. On y lit que l’oms fait « pression pour, moralement, obliger les mères à allaiter », ce qui est « une manœuvre pour un retour des femmes au foyer », alors que « allaiter est très fatigant pour la mère » et que les mères doivent « avoir le droit de choisir le mode d’allaitement – sein ou biberon – qui leur convient ».
Le nombre croissant de femmes poursuivant l’allaitement après la reprise du travail semble bien contredire cette vision, au point que certains ont vu dans le tire-lait un instrument féministe ! C’est un peu comme si l’on revenait au féminisme des années 1900, qui se préoccupait des droits de la femme allaitante au travail…
Ailleurs dans le monde
Un pays comme les États-Unis a vu, lui aussi, s’affronter les « égalitaristes » et les « différentialistes ». D’un côté, celles pour qui le féminisme est basé sur la remise en cause radicale des déterminismes biologiques ; qui voient dans leur corps et leurs capacités reproductives la source de l’oppression des femmes ; qui pensent que la technologie (dont le biberon) est libératrice (R. Lazaro) ; qui voient toute information donnée sur l’allaitement comme un risque de « culpabilisation » des femmes et insistent sur la « liberté de choix ».
De l’autre côté, celles qui critiquent la vision technologique capitaliste de la grossesse, de l’accouchement (B. Rothman) et de la puériculture où des « experts » dictent leur conduite aux femmes (Ursula Franklin) ; celles qui dénoncent la dichotomie sein allaitant/sein érotique et la réduction des seins à des objets sexuels ; celles qui voient le corps des femmes comme source de spiritualité et de pouvoir et non d’oppression, au risque de « romanticiser » la maternité et l’allaitement (ecofeminism ou biological feminism), ou qui insistent sur la production sociale que représente la maternité (M. Mies) et sur l’allaitement comme exemple de politisation de la sphère privée.
Comme en France, la « seconde vague » féministe, du début des années 1960 au milieu des années 1970, a vu la domination du courant rejetant la maternité. Un article de magazine de l’époque comparait même le fait de s’occuper à plein temps d’un bébé ou d’un bambin au fait de « passer toute la journée, tous les jours, en la seule compagnie d’un débile mental incontinent »… Au milieu des années 1970, d’autres voix se firent entendre, comme celle d’Adrienne Rich (Of Woman Born, 1976) qui militait pour une culture féminine séparée.
On peut également parler de La Leche League qui, depuis sa création en 1956, a accompagné un demi-siècle d’allaitement aux États-Unis et dans le monde. Certains s’étonneront sans doute qu’on puisse en parler comme d’un mouvement féministe. Pourtant, les groupes lll ne sont-ils pas les ancêtres des groupes de femmes, des groupes de self-help (« groupes d’auto-support ») qui devaient fleurir dans les années 1970 ? Comme le dit Mary-Ann Cahill, l’une des fondatrices de lll, dans le livre d’entretiens, Seven Voices, one Dream : « Même si nous ne le réalisions pas à l’époque, nous étions les précurseurs du mouvement de “libération de la femme”, dans la mesure où il était pour nous capital d’avoir le contrôle sur les décisions importantes de notre vie, comme la façon d’accoucher ou de nourrir nos bébés. » Marian Tompson, une autre fondatrice de lll, ajoute : « Nous voulions jouer un rôle actif dans le processus de la naissance et la façon de répondre aux besoins nutritionnels et émotionnels de nos bébés. Nous ne nous contentions pas de “faire comme on vous dit de faire” ni d’être de “bonnes filles obéissantes”. Nous insistions pour avoir notre mot à dire sur ces décisions qui nous concernaient si profondément en tant que femmes, et affectaient nos bébés et nos familles. »
Dans les pays scandinaves, les féministes se sont plutôt battues, comme les féministes françaises du début du xx e siècle, pour que soit reconnue la fonction sociale de la maternité (congés maternité, allocations…). Parmi tous les pays occidentaux, c’est là que les taux d’allaitement sont actuellement les plus élevés, avoisinant les 100 % à la naissance, ainsi que… le pourcentage de femmes élues dans les différentes assemblées. Un exemple : alors qu’en France, le taux d’allaitement à la naissance est de 52 % et le pourcentage de femmes élues à l’Assemblée nationale de moins de 12 % (élections de juin 2002), en Suède, il y a 99 % d’allaitement à la naissance et 43 % de femmes élues au niveau national… Comme quoi, et contrairement à ce que disent tous ceux qui accusent les défenseurs de l’allaitement maternel d’être « contre les femmes », l’allaitement est tout à fait compatible avec un engagement des femmes dans la vie publique.
L’opposition entre les différents féminismes renaît chaque fois que des féministes venues de différents pays se retrouvent dans une réunion internationale. C’est ainsi qu’au deuxième Forum social mondial de Porto Alegre, en février 2002, dans un atelier justement intitulé « Féminisme et allaitement », l’animatrice brésilienne annonça dès le début que le débat porterait principalement sur la façon dont l’allaitement est vécu par les femmes approchant la ménopause, et non pas sur le féminisme en soi, chose selon elle déjà assez discutée par ailleurs…
L’allaitement, puissance de la femme ?
L’allaitement échappe au système marchand, puisque le lait de femme est gratuit (sauf lorsqu’il est recueilli par les lactariums) et que sauf exception, il ne nécessite aucun dispositif pour sa production ni son utilisation. Il rend donc la femme indépendante de ce commerce.
Il lui donne aussi une extraordinaire confiance en ses capacités, un sentiment de force, de puissance, de compétence, de plénitude. Elle sait en effet qu’elle a pu faire grandir et grossir son enfant avec quelque chose que son propre corps a produit. Elle n’a pas eu à s’en remettre à un produit industriel, elle n’a pas eu à suivre les directives d’un « expert » sur les quantités à donner, les horaires à respecter, etc. C’était elle l’expert en ce qui concernait la nutrition et le bien-être de son enfant.
N’oublions pas le plaisir éprouvé par les femmes à allaiter leurs petits. On en parle peu, comme s’il était suspect (« elle se fait plaisir à allaiter ») ; il est pourtant décrit par tant de textes. Comme Annie Leclerc qui, dans Parole de femme, écrivait : « C’est le corps qui est heureux quand le lait monte dans les seins comme une sève vivace, c’est le corps qui est heureux quand le bébé tète. »
Un auteur comme le Canadien Joël Martine renoue avec la « radicalité politico-psychanalytique » des années 1970, en insistant non seulement sur l’enjeu sanitaire de l’allaitement, mais aussi sur son « enjeu socio-économique, les « profondeurs charnelles et fantasmatiques du vécu féminin », la qualité du « dialogue charnel pré-verbal » de la mère avec son bébé, l’importance pour le mouvement féministe d’intervenir sur l’enfantement et le maternage, et de jouer ainsi « un rôle exemplaire dans la mise en œuvre d’une éthique de solidarité et d’émancipation [4] ».
Pour Penny Van Esterik, Américaine féministe et militante de l’allaitement, les groupes féministes devraient intégrer l’allaitement dans leurs luttes pour plusieurs raisons :
  • l’allaitement suppose des changements sociaux structurels qui ne pourraient qu’améliorer la condition des femmes ;
  • l’allaitement affirme le pouvoir de contrôle de la femme sur son propre corps, et met en question le pouvoir médical ;
  • l’allaitement met en cause le modèle dominant de la femme comme consommatrice ;
  • l’allaitement s’oppose à la vision du sein comme étant d’abord un objet sexuel ;
  • l’allaitement exige une nouvelle définition du travail des femmes qui prenne en compte de façon plus réaliste à la fois leurs activités productives et leurs activités reproductives ;
  • l’allaitement encourage la solidarité et la coopération entre femmes, que ce soit au niveau du foyer, du quartier, au niveau national et international.
Comme le dit Élisabeth G. Sledziewski [5], « le féminisme pourrait, en osant penser à neuf la maternité, trouver l’occasion historique de transformer un discours défensif et militant en discours sur les nouvelles exigences de la condition humaine, et donc en message éthique universel ». L’osera-t-il ? Je l’espère.

BIBLIOGRAPHIE
· Cova, A. 1997. Maternité et droits des femmes en France (xix exx e siècles), Anthropos.
· Penny Van Esterik, Breastfeeding : A Feminist Issue, waba (World Alliance for Breastfeeding Action).
· Penny Van Esterik. 1994. « Breastfeeding and feminism », International Journal of Gynecology & Obstetrics, 47 Suppl. S41-S54.
· Blum, L.M. 1999. At the Breast : Ideologies of Breastfeeding and Motherhood in the Contemporary United States, Beacon Press.
· DeJager Ward, J. 2000. La Leche League at the crossroads of medicine, feminism and religion, The University of North Carolina Press.
NOTES
[*] Claude-Suzanne Didierjean-Jouveau, ancienne présidente de La Leche League, rédactrice d’Allaiter aujourd’hui.
[1] Les informations sur cette période sont tirées de cet ouvrage.
[2] Intervention lors du 3e Congrès de maternologie, 10 novembre 1999.
[3] Dans Mémoires lactées, Autrement, 1994.
[4] Voir son site http:// joel. martine. free. fr

[5] Intervention lors du 3e Congrès de maternologie, 10 novembre 1999

Radicalidad y dogmatismo

Parece que mi tendencia natural es la de oponerme a la de la mayoría. Descubrí esto en un ejercicio práctico de aprenizaje de la dinámica de grupo : tengo horror a la fusión con la masa. Una especie de alergia cognitiva a la indiferenciación. Necesito preservar mi individualidad.

Esta tendecia se confirma en mi vida cibernáutica. No disfruto mucho la complacencia con las ideas ortodoxas en una comunidad. Es más fuerte que yo : tengo que ponerles a prueba La trampa es que las comunidades (en internet o en la « vida real ») se hacen en muchos casos en torno a ideas « contagiosas » y la identidad de grupo se define en función de la adhesión a las mismas. Es difícil, entonces, para gente como yo, el posicionarse de manera sana cuando lo que atrae en cierta ideas es la radicalidad de las mismas. El problema es que la radicalidad, entendida como la exigencia de cambio profundo, codea ampliamente con el dogmatismo al encontrarse en el nivel comunitario, al fundar las bases de la identidad de grupo.

Me considero radical en mil y un sentidos. Pero impermeable al dogmatismo.

Ninguna idea merece ocupar toda mi mente, todo mi ser. En mi cerebro y en mis entrañas hay espacio para las voces de los otros, de las otras… Tal vez no para todas las voces. Habrán voces que no hagan eco en mí. Pero prefiero la posibilidad de la asamblea libre a la mansa litanía del coro.

El peligro del dogmatismo reside en la incapacidad a oir las otras voces y entender las otras experiencias. El dogmatismo impide el debate y la evolución de una idea : un dogma está condenado a morir fosilizado en los sedimentos del odio.

La radicalidad permite el ensayo de las últimas consecuancias de una idea : en la radicalidad hay una llamada a la coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace. Una llamada a la coherencia entre las diferentes áreas del pensamiento. La radicalidad apela a la confrontación ante lo diferente, de manera apasionada… pero con la posibilidad de considerar al otro. La radicalidad no nos impide encontrar lo diferente, al contrario! Qué sería de la pasión sin abrazo?

Feliz día a las madres sospechosas

Encontré este artículo aquí. Es de Liliana Mizrahi*. Me encantó. Es la mejor lectura, a mi parecer, para el día de la madre!

FELIZ DIA A TODAS!!!!!

« Cumplo 40 años de maternidad. Como tantas mujeres sentí siempre que mi destino (más allá de mi propio deseo) era ser madre. Es el mandato más poderoso de las mujeres. Creí que la maternidad era natural, fácil y obligatoria. Natural es, la anatomía ayuda. Me llevó tiempo darme cuenta de que no es obligatorio ser madre, ni es fácil amar a los hijos adultos con la misma candidez con que se ama a los niños pequeños. Escribo desde un cuerpo de mujer con estrías y episiotomías.

He gestado, abortado, parido, amamantado y criado. Un dramático escándalo se desató en mi corazón cuando mis hijos crecidos y maduros se fueron a hacer su vida y me dejaron a solas con la mía. El asombro me tuvo desconcertada un tiempo. La casa permanecía ordenada, nada se movía de su lugar. Luego el silencio, el teléfono sonaba, pocas veces y sólo para mí, la ausencia de zapatillas embarradas y de su olor característico. La ausencia de ropa sucia y de toallas tiradas, los gastos que disminuían sensiblemente, pasaban los días y la comida sin tocar en la heladera, la música y el volumen a mi gusto, la liberación (¡por fin!) del fútbol por TV… y otros deportes. Comencé a sentirme deprimida. Mis amigas me felicitaban por la autonomía que yo misma les había enseñado a mis hijos desde chicos, pero nunca imaginé que se la iban a tomar tan en serio. Hasta ese momento yo era Rita Hayworth en la vida de ellos y ahora no figuraba en el casting de sus historias ni como extra. Me sentí súbitamente desempleada, con un oficio que había perfeccionado hasta la excelencia durante años y que ahora nadie necesitaba.

Estaba jubilada “de prepo” de un rol ejercido desde la primera muñeca. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer?, me repetía desconsolada. Tengo mi profesión, mi placer por la literatura, soy adicta al cine, amo la música, puedo viajar, tengo amigos, si quiero puedo volver a tener un gato, amo las plantas, tuve una tortuga. ¡En fin! Una vida llena de estímulos, pero el rol colgado en el ropero, y yo sin saber de qué disfrazarme. Tengo que escribir. Garabateo ideas: – La maternidad es un rol y una identidad que absorbe nuestra personalidad hasta neutralizarnos como personas. También nosotras absorbemos a nuestros hijos/as, en muchos casos hasta neutralizarlos. – Existe una contradicción básica entre los mandatos y sanciones creadas para mantener a las mujeres impotentes y las atribuciones sobrehumanas que se exigen a las madres. –

La maternidad y la paternidad, ¿no deberían ser materias obligatorias en las escuelas primarias y secundarias?, ¿no merecería este tema una reflexión desde la adolescencia, impulsada por profesores críticos, con información adecuada, y que además integre la interrogación acerca de su propia condición de hijos?Aunque todo esto fuera cierto –y lo es– ninguno de estos conceptos me alivia. – ¿Acaso las madres somos conscientes de nuestro aporte a las tasas de natalidad / a los relevos generacionales / a las guerras / y a los malditos ejércitos?, ¿nos damos cuenta de que creamos y entregamos materia gris, sangre joven, carne de cañón o de diván, mano de obra, fuerza de trabajo, tiempo-vida, esperanza, futuro…? – No tenemos capacidad de decisión sobre el porvenir de la población que generamos. La ley religiosa y civil pretende convencernos de que no podemos elegir. – ¿Qué nos hacen las leyes?, ¿por qué no podemos decidir sobre nuestros cuerpos?, ¿por qué el aborto todavía está penalizado?, ¿por qué hay tantos padres ausentes?- Las leyes no dan a las madres más que un poder vacío de sustancia. ¿Es la ley del padre la que se impone todavía en lo social y en lo político? ¿Y si el padre no fuera más que un amo?, ¿un amo que no ama?, ¿amo a mi amo?Las preguntas surgen a borbotones.Han pasado 40 años. Mis hijos ya tienen hijos y yo les pregunto “¿qué hacés viviendo con otra madre que no soy yo?”. No contestan.

Escribo encerrada en el baño. La maternidad es un tema prohibido de interrogar o pensar críticamente. No se puede ser ambivalente con los hijos. Todo el mundo se asusta y nos morimos de culpa. ¿Qué hacer?Los hijos crecen o no crecen, pueden gustarnos o no como personas, pueden ser nuestros amigos o bien no los elegiríamos, podemos convertirlos en nuestros padres o creer que son nuestros hermanos, dejar que nos tengan de hija o permitirles seguir siendo hijos ad infinitum. Pueden convertirse en eso que soñamos para ellos, o bien nunca serán lo que hubiéramos querido que fueran.La maternidad es un enredo infernal e interminable.Mi abuelo rabino desde el cielo me mira atentamente y me señala con el dedo, él es uno de los consejeros de Dios pero no me importa, seguiré pensando.¿Me condenarán al infierno de las malas mujeres, junto con las madrastras, las suegras, las consuegras, las cuñadas y otras brujas?Pienso: ser madre es el compromiso de ayudar a crecer y cuidar a otro. No se trata de parir, sino de criar y sostener.Otra pregunta: ¿Por qué nos hacen creer que somos vacas sagradas y nos tratan como ganado?La maternidad está idealizada/envuelta en un halo de misterio y sacralidad, al mismo tiempo, directa o larvadamente se la ataca. Esa es “la mistificación de la maternidad”. La idealización del rol, hablar de la Madre con mayúscula, es el caballo de Troya donde están encerrados los mandatos y las sanciones, más toda la culpa que nos mata a las madres. Escribí un libro, Madres en desuso, ése fue mi intento de aportar con humor algo a la comprensión de estas vivencias. Ahí digo:Una cosa es ser la madre de un hijo/a, en concreto, y otra cosa es pensar la maternidad como institución política, atravesada por ideologías e intereses económicos, valores religiosos y culturales. ¡Ah! Bueno, bueno. Yo no soy la única que no puede alcanzar el ideal de amor incondicional y de perfección que se pretende de las madres, no soy la única madre que se siente cansada, frustrada, ambivalente o confusa. ¿Seré una madre sospechosa?Yo sola me digo: no, no, me parece que no. La maternidad es una de las grandes tareas existenciales de las mujeres y solamente nosotras podemos decir, desde adentro, de qué se trata. ¿Y de qué se trata la maternidad, al fin de cuentas? De la maraña emocional más complicada que puede llegar a conocer una mujer. Un enredo amoroso gratificante-frustrante y reparador. Somos madres con el sello que traemos como hijas… y también con lo que somos capaces de hacer con ese sello y esa historia. Ser madre requiere coraje, porque el otro siempre es un riesgo. Y la otra que somos nosotras, también. Espero que hayan pasado un buen Día de la Madre. »

* Licenciada en Psicología, ensayista y poeta, autora, entre otros libros, de Mujeres en plena revuelta y La mujer transgresora.

%d blogueurs aiment cette page :