De cómo nunca logré caerle bien a Freud. (Vivan las Terapias Breves-I)


Tenía 18 años y creía que era bulímica. O, más bien, tal vez sí lo era porque comía, con apetito y muchas ganas, grandes catidades de comida. Sí, a veces vomitaba… y también pasaba semanas en dietas interminables y absurdas. Pesaba unos 56kg, para mis 1.60m era prácticamente « obesa », no es cierto?… En todo caso, así me sentía!

Era una adolescente completamente normal, en definitiva! Pero, pobre de mí, alguna vez leí en alguna Vanidades o Cosmopólitan que sufría de una enfermedad psicológica, que mi comportamiento era patológico, probablemente debido a algún conflicto no resuelto con mi madre o con mi padre… o con el divorcio de ellos. Debía buscar ayuda.

Así caí en manos de la secta de Sigmund!

La psicoanalista a la que fui a parar tenía muy buena reputatción. Se había formado en los EEUU y yo, lastimosamente, era muy jovencita como para haber podido pregutarle si seguía el evangelio junguiano, kleiniano o (mi preferido) lacaniano (auxilio, supongo que no!).

Me recibió en su consultorio que me pareció minimalista y depurado. Le expliqué por qué venía y me dijo que obviamente había hecho bien. Que teníamos y podíamos empezar cuanto antes, a razón de tres veces por semana y durante… no quizo decirme la fecha de expiración del tratamiento, pero yo tuve la decencia de contarle que tenía planeado viajar a Bélgica… Ella me tranquilizó : se comprometía a adaptar el trabajo y referirme a un colega en mi país de destino.

Me iba a costar una pequeña fortuna. Mi madre se oponía rotundamente y me dijo que si quería hacer la cura, debía pedirle el dinero a mi padre… Así hice, y me costó mucho el hacerlo… Pero era de mi salvación de lo que se trataba, no es cierto?

Empezamos… y durante unos 5 meses me sometí a la tortura de su silencio, al sopor de las sesiones en las cuales, acostada en ese mullido diván le contaba qué sé yo qué de mi pasado, del divorcio de mis padres, de mis crisis de glotonería y de mis amores frustrados…

Pero el problema era que, pese a mi asiduidad, a mi entusiasmo, a mi buena voluntad… seguía comiendo « inadecuadamente ». Me seguía sintiendo culpable y en la más completa incapacidad de controlar mi apetito y mis atracones de comida…

El psicoanálisis no estaba funcionando, así que (ingenua de mí), confronté a mi analista con el rotundo fracaso de la « cura ». Veredicto : el problema se iba a arreglar por sí mismo. No era necesario hacer nada al respecto por el momento pero -para tranquilizarme supongo-, ella se comprometía a buscar consejo con una médica nutricionista si yo sobrepasaba cierto peso.

Aquello me tranquilizó. No me iba a dejar engordar hasta explotar! Qué buena era mi psicoanalista!Así que seguí durante otras tantas semanas. Pero algún atisbo de mi rebeldía se manifestaba cada vez que tenía que pagar los no sé cuántos cientos de miles de sucres, que me costaban tanto pedir a mi padre… y cuando discutí con mi analista al respecto me saco una de esas frasesitas que luego me enteré que eran una muletilla de la profesión « llegaría un momento en el cual debía trabajar para pagar la cura »…

La pobre estudiante y niña bien que yo era no estaba dispuesta a hacerlo, no por que no quisiera… si no porque no tenía ni idea de cómo hubiese podido lograrlo al mismo tiempo que empezaba mis estudios de antropología (dicho sea de paso, durante los cuales me hablaban tanto y tan bien de Freud y si alguna vez hablaron de Margaret Mead fue sin hacer ninguna referencia a quien fuera durante un tiempo su pareja, Grégory Bateson… pero me adelanto !) y tenía que venir 3 veces a la semana a su consultorio… Me resultaba inimaginable el trabajar además de semejantes ocupaciones… o acaso hubiese tenido que renunciar a mi vida social ! Ah ! No !

Si cuando hablo de « secta » lo hago pensando precisamente en que solo las sectas inducen este tipo de comportamiento : dar tu plata, tu tiempo y abandonar todo lo que hace de tí, tú misma….

En fin… El día en que le anuncié que, dado a que no estaba obteniendo los resultados por los cuales había venido, pensaba no volver más, me respondió algo que supuestamente debió haberme asustado… pero yo ya había tomado mi decisión y fue nuestra última sesión… Nunca me felicitaré lo suficiente de haber tenido el coraje de confrontarla !

Como 12 años más tarde y luego de haberme curado solita de la supuesta bulimia, de haber pasado mi primera (y espero que única) depresión sin recurso alguno a la farmacología, luego de haber gestionado años de insominios rebeldes y angustias con un poco de marihuana, tés de hierbas y mucha filosofía… pues caí en manos de otra psicóloga.

Felizmente no había nada que se le pareciera a un diván en su oficina y la primera sesión consistió en un sobrevuelo de mi problema, de mis sentimientos y de mis objetivos… Bastaron 4 o 5 sesiones y mi problema fue resuelto, pude pasar la página y cambiar lo que necesitaba cambiar en mi vida para ser más feliz… Varios meses más tarde volví con otro problema, que no tenía nada que ver con el primero : una sesión bastó para solucionarlo…

El cambio no requiere un viaje en el tiempo, ni un trance perdida en conjeturas de « por qué » o « si hubiese sido de otra manera »… el pasado ya no existe y no hay forma de volverlo a vivir. Es en el presente que se cosntruye la felicidad…

Ahora estoy metida de cabeza en el aprendizaje de las terapias breves. Porque funcionan, porque permiten el cambio… Pues prometo explicarles cómo funcionan en el próximo post. La ex-bulímica y ex-insomne se va comer alguna cosita y a dormir… ya es tarde para tanta lata !

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