Deseos ajenos


Escuchaba alguna de esas canciones desgarradoras de Chavela Vargas. Me bajaba del metro. Iba al trabajo.

Alguien me dice algo. Pauso la música. Me paro, escucho.

Debe tener unos 19 años. Me pregunta cómo llegar a la prisión de Forêt. Le explico que voy en esa dirección que puedo mostrarle en dónde debe tomar la correspondencia. Caminamos juntas, lado a lado. Discutimos del metro, de la falta de indicaciones. Sospecho que tiene dificultades para leer.

Llegamos al andén del tranvía. Me pregunta si creo que tardará mucho. Le digo que no. Le pregunto si está apurada. Me confía que va a ver a su chico en prisión. Que la espera para las doce.

Veo el reloj. Son las 10 menos 20.

Le aseguro que estará allá bastante temprano, demasiado temprano. Me dice que las plazas se llenan a media mañana.

Entiendo. Es una visita que no se puede acomodar de su simple presencia para ser. Entiendo que ese deseo es prisionero también. Una de esas visitas no se improvisan.

Algo raro me pasa en el vientre. Soy capaz de sentir ese deseo.

Se sube al tranvía por la puerta delantera. Verifica si es el tranvía correcto con el conductor. No puede cometer un error. Ningún error.

Subo una puerta más atrás. LLegamos a mi parada. Me bajo y le deseo buena suerte. Me sonríe ampliamente.

Espero que haya llegado a tiempo.

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