Madre nuestra, que estás en la tierra


Liberar a la Diosa, luego de milenios de opresión, cuesta tanto como encontrar una brecha en el muro contra el cual nos precipitamos a la velocidad irresponsable del consumo de nuestros recursos.

Soy atea del dios macho, de ese dios odioso, invisible, único, celoso, omnisciente y prepotente! Ese dios de la guerra santa y de la sumisión de la sexualidad. El dios de la predación y del consumo.

Pero creo en la Diosa pagana de las brujas, de los mitos matriarcales, del sincretismo y de la libertad de culto.

No creo que haya creado nada, ni que decida nada. Porque la creación es un acto de separación entre el caos y el orden, entre la vida y la muerte. La Diosa trasciende en el presente, en todo lo que vive y en lo que le da sentido la vida sin prohibir y sin castigar.

Una espiritualidad pagana, pragmática, material que nos permita amarnos como somos y no como a alguien extraño y lejano se le ocurrió que deberíamos ser.

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