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Video parto : rotación del bebé sin intervención

Un video interesante : observen cómo, sin necesidad que la matrona intervenga, el bebé rota espontáneamente, despacio.

La cabecita sale mirando al lado de la espalda de la madre, luego va girando y termina mirando al vientre de la madre.

El cuerpo y las espaldas van girando, posicionándose de tal manera que el bebé adopta la mejor posición para salir.

En muchos casos, el personal médico se precipita a jalar al bebé, a girarlo bruscamente, causando estrés innecesario.

Por lo general, a nadie le gusta que se le manipule de manera violenta la cabeza… imagínense lo que debe sentir un recién nacido en ese caso…

En fin, un video interesante!

Parto en casa vs. parto en hospital: el mito de la seguridad.

Parece que todas las sociedades están construídas sobre las bases de una violencia multiple, institucionalizada y al parecer generalizada : la dominación de los más viejos sobre los más jóvenes, la de los hombre sobre las mujeres, la de los sabios sobre los profanos, la de los ricos sobre los pobres, etc.

Pocos eventos encarnan tanto esta múltiple dominación como el nacimiento de los seres humanos. Lo cual es normal. Desde que el bebé aparece, la sociedad desea imprimirle su marca, domesticarlo, separarlo de la fusión con el cuerpo materno. Ordenar el caos.

En las sociedades « tradicionales », los ritos apuntan a inscribir al nuevo miembro en su filiación, a ahuyentar a los malos espíritus, a protegerlo de fuerzas sobrenaturales y a muchas otras cosas más, según la cosmogonía propia de la sociedad en cuestión.

En nuestras sociedades, los bebés nacen en el altar de la ciencia. Se nos consagra, desde antes que respiremos, al dios de la tencnología. Ecografías para detectar malformaciones y enfermedades, exámenes y diagnósticos, medidas y análisis. Los ritos del nacimiento en los hospitales reconfortan nuestra creencia en que podemos controlarlo todo y que este control es bueno para nosotros.

Sin negar los beneficios innegables de los avances técnicos para detectar y curar patologías ligadas a la gestación, al parto y al post parto, cabe preguntarse cuál es su lugar. Es necesario hacer un test de glucosa a todas las embarazadas? Es necesario aplicar hormonas sintéticas a todas las parturientas que se demoran en dilatar? El monitorear constantemente y durante horas produce información realmente indispensable o aumenta los riesgos de sufrimiento fetal?

Estas son preguntas que la institución hospitalaria no se puede plantear hasta sus últimas consecuencias. El hospital es una institución totalizante, uniformizante, homogenizante. La prácticas en instituciones con una lógica de rentabilidad, de eficacidad y destinadas a atender en serie a sus usuarios, como son los hospitales, deben ser así. El humano debe adaptarse a la técnica, la técnica no puede adaptarse a la infinita diversidad humana.

Gestión de personal, gestión de material, gestión de los espacios, gestión de los riesgos, administración de los costos… estas son las lógicas hospitalarias.

Esta es la lógica de la sociedad post-industrial. Esta es la violencia que el hospital inscribe en nuestros cuerpos de mujeres que damos a luz y en las primeras horas de vida de nuestros hijos. Esta violencia es necesaria si un peligro mayor nos obliga a necesitar la ciencia y la técnica para enfrentarnos a un problema suficientemente grande, ante el cual se justifique el someternos a sus lógicas. Acudir a la ciencia cuando la vida necesita una verdadera ayuda y no abandonarle nuestro cuerpo y nuestros afectos.

Quedarse en casa mientras la vida baste nos garantiza la seguridad de ser respetadas y no violentadas. Partir al hospital cuando la vida se tuerce para buscar lo que se le perdió… y, sobre todo, apropiarnos del poder de saber cuando se ha pasado la línea entre las dos (o delegarle el poder a una persona que posea las herramientas para saber si ha atravesado esa línea, matrona, médico-a-o u otra-o, pero que lo haga respetando nuestra humanidad).

« Quien acepta el sacrificar un poco de su libertad para tener más seguridad no merece ni la una ni la otra. Y termina perdiendo las dos »

T Jefferson

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